tecnica con plancton

Gyotaku: la huella de lo efímero

El ser humano, desde el origen de los tiempos, posee una permanente obsesión: permanecer.

La condena de luchar contra su propia naturaleza efímera, ha traído consigo los más devastadores desenlaces en más ocasiones de las que quisiéramos recordar. Pero también y al mismo tiempo, ha generado en él los más hermosos y nobles actos, siendo el arte la expresión más elevada e intelectual de los mismos. Arte para permanecer, para agarrarse a la vida, para expresar “estuve aquí, estuvimos aquí”.

El cuadro que muestra aquel hermoso atardecer que retuvimos un día en nuestra retina; la hermosa prosa poética dirigida al ser amado; la canción que nos evoca momentos del pasado con su sonido; y por qué no, la silueta de un pez, que un día fue orgulloso trofeo de caza, plasmada en un lienzo en blanco.

“Un papel desvelado en su blancura…”

Con estos versos comenzaba nuestro universal poeta de la mar, Rafael Alberti, uno de sus poemas, y esto es lo que el pueblo japonés, también vinculado al medio marino desde tiempos inmemorables, ha venido practicando desde hace más de doscientos años con la técnica artesanal del Gyotaku. Desvelando en un papel en blanco, la naturaleza efímera de la presa recién capturada, para poseerla y registrar su huella.

 

 

Gyotaku, palabra formada por gyo ‘pez’ y taku ‘frotar’, es un sistema de impresión que comenzó a utilizarse en los mercados y pescaderías de pueblos costeros de Japón a inicios de siglo XIX.

En sus inicios, era un modo de registro del tamaño y tipos de especies capturadas. Los pescadores cubrían la pieza con tinta y presionaban sobre ella un papel de arroz que al levantarlo reproducía la imagen exacta del pez. A veces este acto tenía lugar aún en alta mar, pues solían llevar consigo papel, tinta y pinceles. Acompañaban el gesto de una anotación de la fecha y el lugar de la pesca, y en muchas ocasiones un poema de agradecimiento al nutritivo mar por los frutos que ofrecía a los hombres.

Algo de ritual espiritual y funerario está contenido en el Gyotaku, el pez se prepara, se extienden sus aletas, se abre su boca, se unge y se cubre con un lienzo a modo de sudario, para que quede plasmada su naturaleza más auténtica y real, lo que fue en vida. Una vez que la impresión se completaba, la tinta que se utilizaba, no tóxica y derivada del carbón vegetal (sumi-e ), a la que se le atribuían cualidades mágicas, se lavaba, y el pescado se limpiaba para ser cocinado.

Simplicidad y pureza, palabras tan ligadas al carácter del pueblo japonés, son la esencia del Gyotaku en sus orígenes: pescar para comer, e impresión para recordar, compartir y agradecer la experiencia. Algunos cuentan, que algunos peces eran sagrados y se devolvían a la mar tras sacar su silueta y robarles, en parte, su alma. Pero esto se ha perdido en la memoria de los tiempos…

No existe una historia sin leyenda, y cuentan que el noble señor Sakai, durante el período Edo, apresó un día un enorme besugo negro, símbolo de la felicidad para el pueblo japonés. De haber estado cerca el emperador, le hubiera ofrecido este simbólico presente.

Pero a cientos de kilómetros de la capital y siendo imposible hacerlo, uno de los samuráis que lo acompañaban decidió estampar y capturar la belleza del pez empapándolo de tinta gris y frotando contra él un papel. Esta Gyotaku de autoría anónima dicen que es el más antiguo que se conserva y se expone en el Museo de Arte Hoonma de Sakata (Yamagata).

Si pensamos detenidamente, el gyotaku sería una técnica anticipo del daguerrotipo fotográfico que la insaciable mente del ser humano crearía años después, y en su misma evolución, vemos implícito un acercamiento a la realidad que la fotografía ofrecería más tarde. Y es que hay dos maneras de hacer un Gyotaku, y siendo los resultados tan opuestos, no dejan de ser complementarias.

 

El primero es el método directo (chokusetsu-ho), realizado con tinta sobre papel japonés (washi) en el que se obtiene un patrón invertido. Es el que practicaban los pescadores en sus inicios, antes de convertirse en un delicado arte.

La tinta se aplicaba en la dirección de las escamas y a continuación, el modelo se cubría con papel y se frotaba delicadamente con la palma de la mano, siempre en la misma dirección, de la cabeza a la cola, para finalmente obtener “la huella dactilar” del pez (su tamaño, su silueta, la textura de las escamas, la forma y transparencia de sus aletas). Con el tiempo se iría perfeccionando y se comenzó a pintar los ojos y otros detalles de la impresión para dotarla de mayor realismo y veracidad.

Este método se sigue utilizando en los mercados costeros de Japón. Donde tras transferir con tinta la silueta del pescado al papel, se anota su especie, peso y precio, y se cuelga a modo de cartel en el interior de la tienda o puesto, junto a las estampaciones de todos los peces que ese día están a la venta. Conforme las piezas se van vendiendo, se van retirando estos artesanales anuncios.

El segundo método, el gyotaku indirecto (kansetsu-ho) aparece en 1948 bajo la mano del artista Koyoo Inada. Son los inicios de la interpretación artística y de la utilización de nobles materiales como la fina seda para la impresión o incluso papeles hechos a mano con diferentes densidades. Comienza a utilizarse el color, que aportará una nueva vida a este arte aún experimental. La fibra de seda resulta ser un material ideal gracias a su facilidad de uso y manejo. La aplicación del color es indirecto, es decir, que se aplica a la tela apoyada sobre la pieza y gracias a la transparencia que ésta ofrece.

Este método requiere un control mucho más sofisticado, cada obra goza de un secreto transmitido de maestro a alumno y refleja un estilo propio. Cada impresión se convierte en una pieza única, delicada, reveladora de la fascinante belleza del mundo submarino. La composición se acompaña de un texto destinado a transmitir toda su dimensión poética.

Esta peculiar forma de arte encontró eco en Occidente en el siglo posterior. Así artistas como Pierre Alechinsky o Miquel Barceló, que han experimentado intensamente con el grabado, aprovecharán esta técnica tradicional japonesa para hacerla vivir y evolucionar con su propio arte.

Hoy en día en Japón y otras islas del Pacífico como Hawai, el Gyotaku se ha popularizado y extendido, llegando incluso a practicarse en las escuelas con niños, donde de una forma divertida se les enseña a diferenciar las distintas especies marinas, algunas en peligro de extinción. Para ello, en lugar de peces reales, se utilizan reproducciones de goma; también se ofrecen en las zonas de costa a los visitantes, cursos sobre esta centenaria técnica, incluidos dentro de programas turísticos o festivales de verano.

 

El ser humano es así, capaz de popularizar y descontextualizar todo noble arte, pero nosotros vamos a quedarnos con ese bello y sencillo estampado que un anónimo pescador aprehendió un día por primera vez, para retener para sí la naturaleza efímera de su presa. Utilizamos la técnica de estampación directa empleando, en lugar de tinta, un alimento que nos da el propio mar, y que es origen de la vida: el plancton marino.

La belleza del color verde esmeralda contrasta con la blancura del papel donde el pescado queda inmortalizado. Pieza que al igual que ocurría con aquellos pescadores japoneses cientos de años atrás, tiene como destino el de ser alimento y nutrición para el hombre y que nuestra, permítannos, vanidosa naturaleza humana, nos ha llevado a inmortalizar.

Un alimento de la mar, ungido en esencia de mar… Un papel desvelado en su blancura…

6 comentarios en “Gyotaku: la huella de lo efímero

  1. Alfonso Rodriguez

    Qué deciros de éstas espectaculares y apasionantes palabras, un placer poder leerlas y retroceder en el tiempo para conocer de primera mano la técnica del Gyotaku.
    Muchas gracias y un placer seguiros en vuestras Redes Sociales. Me han gustado cada uno de vuestros vídeos, los cuales he compartido.

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